Ya hace un mes que mi papá falleció. Y no parece ser mucho tiempo. Parece que el tiempo se ha detenido, como si estuviera en una película en donde todo esta fuera de secuencia y no puedo sincronizarme. Cuando el teléfono suena en mi casa en Yuma, todavía pienso que puede ser Pai, aunque yo vi con mis propios ojos su ataúd descender a la tierra.
Sólo tenía 58 años.
Sucedió un sábado nublado en octubre. Pai estaba al cruzar la calle de la casa de mis padres en Puerto Rico, en el campo de béisbol que él mismo construyó para los niños de la comunidad. Se pasaba casi todos los días en el campo. Arreglaba la lomita de lanzar. Aplanaba la tierra del cuadro. Se aseguraba que la grama estuviera gruesa y verde y cortada. Todos los niños y padres conocían a mi papá. Él amaba el béisbol e hizo que todos a su alrededor lo amaran también.
En ese sábado, Pai vio hacia el cielo nublado y dijo una pequeña oración para que cesara la lluvia y así los niños pudieran jugar el segundo partido del día.
Yo estaba en Legoland en el sur de California con Jaime y mis dos hijas. Las niñas me habían estado rogando que las llevara a Legoland. Manejamos de Yuma a San Diego el viernes y las niñas mi durmieron debido a la emoción de llegar al parque el siguiente día. Cuando despertamos en el hotel el sábado por la mañana, yo les dije a las niñas, "Este será el mejor día".
Definitivamente que comenzó así. Las niñas manejaron los carros de juguete y recibieron sus "licencias de manejar". Tuvimos un buen almuerzo. Estábamos en fila para más juegos cuando recibí la primera de cinco llamadas telefónicas.
"Tu papá se calló y se golpeó la cabeza", me dijo mi primo, Ramirito. Se escuchó confuso y terminó la llamada rápido.
"Algo esta pasando", le dije a Jaime.
Luego otro primo me llamó.
"Tu papá esta bien", me dijo. "No te preocupes. Los doctores lo están asistiendo".
Luego mi hermano Yadier me llamó de Puerto Rico. Yadier y su esposa, Wanda, acaban de traer al mundo su primer bebé, Yanuell. Yadier me dijo más tarde que Pai los había visitado y al bebé en la mañana. Yadier dijo que Pai bendijo, besó y cargó al recién nacido. "Te quiero mucho", Yadier le dijo a mi papá. "Yo también te quiero", le dijo mi papá, abrazando muy fuerte a Yadier con sus brazos grandes.
Ahora, en el teléfono lloraba Yadier y no podía hablar. Y le dio el teléfono al mejor amigo de mi papá, Vitín.
"Es mejor que hagas planes para venir a Puerto Rico", me dijo Vitín. "Tu papá no esta bien".
Estaba en el teléfono cuando apreté la mano de Jaime y automáticamente sabía que algo terrible estaba pasando. Ella luego agarró a las niñas y las sacó de fila mientras que mi peor pesadilla la empezaba a vivir, y dije, "Vámonos. Nos tenemos que ir". Yo quería correr hasta Puerto Rico lo más rápido que fuera.
Mientras nos dirigíamos a la salida, la esposa de mi hermano José, Yalicia, me llamó de Nueva York. José se encontraba en Nueva York para una operación láser.
"Tu papá no se encuentra bien", me dijo ella. "Te vuelvo a llamar".
Fue allí cuando sabía que algo terrible estaba pasando.
Cuando la esposa de José me volvió a llamar, podía escuchar que José lloraba.
"Yalicia", le dije casi gritando por el teléfono, "¿Qué está pasando? ¡Ya dímelo!"
Ella también lloraba.
"Tu papá acaba de fallecer".
Me aleje de Jaime y de mis hijas y comencé a llorar. ¿Cómo puede ser? Acabamos de verlo a él y a mi mamá hace tres semanas. Estuvieron en St. Louis visitando a Yadier y al último minuto decidieron vernos a Jaime y a mi en San Diego y nos acompañaron a Arizona, donde estábamos jugando contra los Diamondbacks. También les dieron la sorpresa a mis hijas que estuvieron el fin de semana conmigo en San Diego. Cuando era tiempo de partir, yo les compré boletos de primera clase para que regresaran a Puerto Rico. En el aeropuerto yo abracé a mi papá.
"Yo te quiero mucho, Pai", Yo le dije y le pedí la bendición.
"Que Dios te bendiga Mijo", me dijo.
Afuera de Legoland, mientras esperábamos el shuttle que nos llevaría de regreso al hotel, yo les llamé a familiares en Puerto Rico para que me dijeran que fue lo que pasó.
Me dijeron que mi papá se pasó todo el día caminando de la casa al terreno de juego. Había visto un juego de pelota y esperaba ver otro antes que la lluvia llegara. Había puesto una hoya de pollo a calentar y tenía un seis de Coors Light en la hielera para sus amigos que llegarían mas tarde. Se sentía bien, se subió a un árbol a cortar toronjas para una bebida especial que le gustaba hacer. Luego regresó al campo con pelotas nuevas para el segundo partido. Un trabajador, Gallo, estaba preparando el montículo y mi papá se ofreció en ayudarle.
"Ya arreglaste todo el terreno", le dijo Gallo. "Déjame hacer esta pequeña parte".
Cuando mi papá se salía del campo, de repente se agarró del pecho. Sus rodillas temblaron. Tuvo problemas para respirar. Se calló a la tierra. Todos en el campo corrieron para ayudarlo, gritando que llamaran a emergencia. Mi mamá se apresuró de la casa para ver cuál era todo el escándalo. La ambulancia no llegaba. Así que Joaquinito (un buen amigo y entrenador de un equipo de mi papá) trajo su camión al terreno y Luis Figueroa, un legendario jugador del cuadro con los Gigantes quien estaba visitando a su hermana que vive al lado de mis papás, levanto a mi papá y lo puso en el camión.
"¡Sigue luchando!", gritaba Luis.
Mientras que el camión se dirigía al hospital con alta velocidad, Luis escuchó lo que él describe como un "snap". Y el corazón de mi papá dejó de palpitar.
Los doctores en el hospital trataron de revivirlo. "¡Sigan intentando!" les suplicaba Yadier. Pero ya estaba claro que no se podía hacer nada más. Yadier golpeó la pared. Pateó una silla. Varias personas lo sacaron del cuarto.
Afuera, en la sala de esperas y en todo el estacionamiento cientos de personas se habían reunido. La voz corrió y mucha gente seguía llegando. Nadie de nosotros nos imaginábamos cuánta gente quería a nuestro padre.
Mientras tanto en California, yo hacía arreglos para volar en un avión privado a Puerto Rico el sábado en la noche. Llegué el domingo por la mañana. Los siguientes días son como un sueño.
Una carpa grande fue construida entre la pequeña calle de la casa de mis padres y el campo que él construyó. La calle se cerró al tráfico. Arreglos enormes de flores, docenas de ellas, estaban atrás del ataúd de mi papá. Miles de personas llegaron a la carpa por dos días y una noche a rendirle respeto. Por la noche había un grupo de personas que cantaban las canciones que a él le gustaban. Se podía escuchar la música por todo el pueblo. Muchos peloteros llegaron, José Rosado, Luis Figueroa, Pedro Feliciano, Juan González, el primo de mi papá, Carmelo Martínez, José Valentín, José Hernández y muchos de sus ex compañeros boricuas y miembros del Salón de la Fama.
Pai sólo tuvo tres hijos pero muchos, mucho hijos adoptivos.
No me alejé de mi papá. Jaime y yo nos quedamos a un lado del ataúd toda la noche. Yo hable con él. Le dije que todo lo soy hoy es por él. Le agradecí por ser un gran hombre. Le dije que no se preocupara de sus hermanas y hermanos, ellos no tienen mucho dinero y mi papá siempre se preocupó por su bien estar. Le dije que yo me encargaría de ellos. Le dije adiós.
Luego su ataúd fue llevado de la casa campaña al terreno de juego, a la primera base, segunda, tercera, home y luego a la lomita de lanzar. Cada uno de nosotros, sus hijos fue presentado con una base y a mi mamá le dieron el home plate. En cada base la gente del pueblo le dio una ovación de pie a mi papá. Yo tenía una gorra de béisbol que casi me cubría los ojos, no podía ni hablar, todo esto era devastador. Levanté mi cabeza sólo cuando tenía que saludar a un visitante nuevo.
Hubo una procesión en el pueblo. Mi familia y yo caminamos detrás del carro que llevaba el cuerpo de Pai. Gente salió de sus casas aplaudiendo y llorando. La autopista al cementerio se cerró de un lado y la gente se salió de sus carros para decir su último adiós. Apenas si pudimos entrar al cementerio ya que había mucha gente.
Sabíamos que Pai era muy querido, pero realmente no teníamos idea de cuánto. Fue algo tan increíble que haya visto.
Mi madre se demostró fuerte durante todo esto. Ella es más fuerte que todos. Yo creo que llora pero en la noche cuando esta sola, pero nunca dice que le duele. Es así como ha sido todo el tiempo.
Ahora que estoy de regreso en Yuma, le hablo dos o tres veces al día. Mi Titi Rosalía y Titi Charo se pasan la noche con ella. Yadier y José están allí también.
Creo que todavía estoy en shock. Es como un mes pero me siento como si tuviera ladrillos en el corazón. Pienso que sabía que se nos iba y por eso decidió de última hora volar a San Diego y Arizona en septiembre para verme a mí a mis hijas y finalmente conocer a Jaime por primera vez. Por eso también abrazó a Yadier tan fuerte sólo horas antes de su muerte.
Yo no soy poeta, pero con tanta emoción escribí un poema. Es muy largo pero voy a compartir un poquito con ustedes.
Tú eres mi inspiración,
Mi héroe para siempre.
Gracias por amarme, más ahora que nunca.
Tú eres lo que soy hoy.
Tú me convertiste en alma.
Ahora es mi turno, de amarte hasta mi vejez.
Que descanse en paz, Pai.
Te quiero.